Un pueblo en fuga

El desastre y la evacuación de San Cayetano

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Hola, pedalistas.

Traigo malas noticias: el cambio climático está causando desastres naturales cada vez más frecuentes y letales. Uno de ellos ocurrió hace más de veinte años cerca de Bogotá, en un pueblo de tradición agropecuaria que lograron evacuar justo antes del colapso.

Allá estuve, entre escombros y recuerdos, junto a pobladores que al final consiguieron casas nuevas; pero en el trance perdieron algo mucho más valioso: un pedazo de su historia y de su propia identidad.

Los invito a pedalear entre las montañas inestables que separan dos pueblos hermanos: San Cayetano el viejo y el nuevo. Agárrense, que esto se mueve.

Vista aérea de San Cayetano el viejo. Foto de Juan Felipe Rubio.

De noche, cuando llegamos a San Cayetano el nuevo, la lluvia y la neblina enrarecían su ambiente artificial. Eran apenas las ocho, pero las calles estaban ya deshabitadas. En el parque sin árboles pastaban varias esculturas de vacas falsas. Las casas, todas idénticas y anodinas, solo se distinguían por algunos objetos decorativos. Sus fachadas recientes se sucedían en manzanas numeradas, y no desorientaban más porque eran pocas.

Álvaro Miranda, un sesentón bajito y compacto, abrió la puerta del hotel (una vivienda adaptada) protegido bajo una ruana gruesa. A través de un corredor angosto nos llevó a las alcobas: cada cama sepultada bajo seis cobijas felpudas. En ese clima gélido, bajo un silencio que aturdía, dormimos con el deseo de una mañana despejada. Pobres ingenuos.

El día del recorrido amaneció con el cielo encapotado, bajo una llovizna que volvió el suelo húmedo y resbaladizo. “¡Eso es un jabón!”, nos advirtieron muy tarde. Después de desayunar en un pequeño restaurante (otra vivienda adaptada), Rubio trazó mal una curva y cayó sobre los adoquines junto al parque. Aún no empezaba la pedaleada y el cuerpo ya dolía.

Vista aérea de San Cayetano el nuevo. Foto de Juan Felipe Rubio.

En este pueblo gris, callado y brumoso, hay varias casas cerradas a cal y canto: falta gente. Hay tres hoteles modestos, pero no es este un destino codiciado por los viajeros. En este caserío prefabricado, los niños juegan en una cancha bajo techo: allá, en una esquina más bien relegada. Sus gritos y sus risas, su alegría intrusa, rompe una atmósfera siempre callada y opaca.

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Por fortuna, aquella mañana íbamos hacia tierras más amables: 15 kilómetros de vía destapada hacia San Cayetano el viejo, un pueblo que todos abandonaron en cuestión de horas. En mayo de 1999, después de varias alertas, los 628 habitantes del casco urbano fueron evacuados con prisa. El derrumbe inminente de todas las estructuras amenazaba sus vidas. 

Ubicado unos 130 kilómetros al norte de Bogotá, el viejo pueblo fue construido a 2208 metros sobre el nivel del mar: 18 grados de temperatura, entre cultivos de café, papa, caña, cacao y plátano; rodeado de ganadería y lácteos. Mientras rodábamos por la vía sinuosa de grava y tierra oscura, en las puertas de las fincas se juntaban cántaros de leche fresca.

Las ruinas del antiguo casco urbano, tomadas por la maleza, surgieron de pronto junto a la carretera: cadáveres de concreto cuarteado, rodeados por un bosque verde que prospera. Recorrimos el pueblo entre pisos y muros rotos; junto a Pablo Salcedo, un damnificado de 71 años que vive orgulloso de su vínculo con los fundadores. La reubicación de San Cayetano, un libro escrito por el abogado y politólogo Gustavo Wilches-Chaux, confirma que esta tierra fue adquirida por Lucrecio Salcedo en 1883, quien la donó y por eso se le considera el fundador del pueblo.

San Cayetano el viejo, archivo de Pablo Salcedo. Foto de Juan Felipe Rubio.

Frente a la iglesia desierta, sus arcos todavía en pie, el granito del suelo partido en trozos, Pablo teje recuerdos junto a otro vecino. Que el templo se levantó en honor a la Virgen de Chiquinquirá, dicen. Que el arquitecto era italiano, aseguran. Que allá abajo, donde están esos árboles, quedaba la plaza de toros. Y allí, sonríen de solo pensarlo, se reunían todos los vecinos y mucha gente de las veredas cercanas para celebrar cada año las fiestas de la virgen. Aquí venía mucha gente, dice Pablo. Este parque, insiste, era uno de los más visitados de Cundinamarca.

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Stefano Anzellini es arquitecto, investigador y asesor en reasentamientos involuntarios. En la Universidad de Los Andes ha hablado de San Cayetano para ilustrar los desafíos de una mudanza forzada. Este, como muchos otros, es un caso de éxito relativo.

—Se comprobó una atención positiva de la Gobernación de Cundinamarca. Muy distinto al caso de Armero, donde no se hizo una evacuación efectiva, aunque hubo señales de que venía una avalancha.

En Armero (1985) murieron tapiadas más de veinte mil personas. Ese y otros desastres —los terremotos de Popayán (1983), el tsunami de Tumaco (1979)— forzaron en Colombia el desarrollo de un sistema institucional para responder a las alertas. Desde 1989 existe la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.

En las laderas de este país montañoso vive mucha gente asentada en zonas peligrosas. Los eventos catastróficos van en aumento, dice Stefano: 

—Son cada vez más frecuentes, más letales, y afectan a más población. Esto se debe al cambio climático, a la degradación ambiental, a una mala ubicación en el territorio y a una mayor densidad de población. Hay 110 pequeños municipios que están en áreas de riesgo no mitigable.

Ruinas del colegio en San Cayetano el viejo. Foto de Juan Felipe Rubio.

Aquí todos viven de recuerdos. Junto al parque destruido y tomado por los helechos, Pablo abre un bolso y saca fotos viejas que registran el pueblo tal como era. Las muestra una por una. Aquí era la Alcaldía y todas las oficinas, dice. Aquí en esta puerta roja estaba el restaurante de Álvaro, el dueño del hotel. Aquí estaba el colegio y aquí la estación de policía. Esta era una tienda; acá la panadería de Justiniano. Y esta era mi casa, dice y calla. 

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Wilches-Chaux ha escrito varios libros sobre desastres, y se identifica como “exalumno del terremoto de Popayán, con posgrado en el terremoto del Eje Cafetero”. En su libro cuenta que estas montañas eran selváticas; hasta que llegaron Lucrecio Salcedo y otros colonos, quienes deforestaron para ampliar las fronteras agrícolas. Entonces crecieron los cultivos, se destruyeron los bosques y el suelo se degeneró. La ola invernal de 1999 saturó esta tierra como esponja y el resultado natural no demoró: la inestabilidad del suelo.

Pero la desgracia toma tiempo. “Los desastres en su mayoría no ocurren de forma repentina, sino gradual, como resultado de la interacción de la comunidad y su entorno”, escribe Wilches-Chaux. El suelo que sostenía al viejo San Cayetano se fue debilitando durante al menos cuarenta o cincuenta años, y envió señales a los pobladores. Varios voluntarios diseñaron un sistema de estacas y cuerdas que les permitió medir el avance del deslizamiento: un cuerpo de lodo que al final se movía cuarenta metros por día rumbo a las casas. 

La masa de tierra que se desplazó contenía entre quince y veinte millones de metros cúbicos de tierra. Las grietas en pisos y paredes se volvieron cada vez más comunes. Entonces el Comité Regional para la Prevención y Atención de Desastres recomendó decretar la emergencia.

—Ahí llegaron las volquetas y nos sacaron a todas las familias, recuerda Pablo.

Pablo Salcedo compara la iglesia antes y después. Foto de Juan Felipe Rubio.

Todos se fueron, pero unos más que otros. Los damnificados pasaron cuatro años en un albergue provisional, ubicado a tres kilómetros y a unos doscientos metros por encima del pueblo antiguo. Hoy San Cayetano el nuevo tiene 526 habitantes, pero solo un centenar viene del pueblo abandonado. Los demás nacieron aquí o llegaron desde otros lugares. La mayoría de los pobladores originales se marchó y nunca más volvió. De visita, si acaso.

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—El problema más profundo de los reasentamientos no es técnico: es la pérdida de la historia de las personas. Allí hay una paradoja cruel que casi nunca se resuelve bien: lo técnico versus lo social. Lo primero requiere una solución efectiva y de alta complejidad, que debe realizarse en un corto tiempo. Lo segundo es de largo plazo. Por eso hacemos énfasis en la prevención de los desastres.

Dice Stefano. Lo ideal entonces sería no construir nunca en zonas de riesgo, pero hay consideraciones sociales y económicas que impiden esta solución. Millones de colombianos se instalan donde está su modo de vida. Stefano recuerda el caso de Tumaco, ubicado en una zona de altísimo riesgo. 

—Ahí hay una falla sísmica que genera tsunamis, de los eventos más letales que hay. Hubo uno en 1979 que devastó a la población. Se hizo un reasentamiento lejos de la orilla, pero a los pocos años la gente repobló el borde. Ellos son pescadores y les conviene vivir sobre el litoral.

Antiguo parque de San Cayetano el viejo. Foto de Juan Felipe Rubio.

Cuando la multitud dejó San Cayetano de forma repentina, otros llevaban años en su propia fuga: los jóvenes estaban desertando por falta de oportunidades. Puede que ahora, oprimidos por el tedio del pueblo nuevo, los muchachos estén aplicando la misma evasión. Entre las calles desangeladas se respira una ausencia de porvenir. La arquitectura, más allá de forjar vigas y techos, es una disciplina que debe propiciar la vida en comunidad. Pero San Cayetano el nuevo, aunque ofreció refugio a quienes lo necesitaban, no concretó espacios donde vibre el verdadero intercambio social. “Es un desarrollo urbano que nació muerto”, concluye Stefano.

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San Cayetano el viejo se evacuó tras una cronología de vértigo.

El 7 de mayo se produjeron grandes grietas en el piso de la iglesia. El 8, a las tres de la mañana, un vecino llamó a la Oficina de Prevención de Riesgos Ante Fenómenos Naturales: “¡Está temblando y el suelo está bramando!”, gritó. Pero el 11, dos días antes de evacuar, Ingeominas, la institución encargada de los estudios geológicos, consideró que el casco urbano no corría riesgos: bastaba con evacuar a diez familias del área más inestable, dice el libro La reubicación de San Cayetano. El 13, por fin, el gobernador de Cundinamarca, Andrés González, ordenó la evacuación total y definitiva. 

La policía acordonó todo y varias volquetas transportaron a los damnificados hacia el albergue junto al cementerio, donde los muertos hicieron lugar para los vivos. Allí se instalaron primero en carpas y luego en cabañas de madera. Muchos llevaron tejas, puertas, ventanas y otros elementos para utilizarlos en los refugios. “No solamente desde el punto de vista económico, sino también desde el sicológico, para la gente constituye un hecho de vital importancia poder reconstruir su vida cotidiana y establecer nuevas rutinas acompañada por su enseres de siempre: su ropa, los juguetes de los niños, sus muebles, sus cuadros, sus fotos familiares, sus objetos de decoración. Y por supuesto, sus animales y sus matas”, escribió Wilches-Chaux.

Los damnificados volvían cada año para conmemorar el aniversario de la evacuación. Las familias se reunían, recordaban la vida allí, limpiaban las calles y podaban las plantas, en un esfuerzo que al final fue inútil: la maleza acabó tragándose todo. La posibilidad de volver cada tanto, dice Wilches-Chaux, facilitaba el tránsito desde la vida anterior a la nueva. En el albergue, cada manzana fue bautizada con el nombre del barrio abandonado. 

Allí los damnificados debatían su destino. Muchas familias, cansadas, se repartieron en veredas y pueblos cercanos. Otros emigraron hacia Pacho, Zipaquirá y Bogotá. El municipio de San Cayetano estuvo a punto de desintegrarse, pero se salvó con el proyecto de erigir San Cayetano el nuevo en un sector llamado La Unión. Ingeominas presentó varias opciones cercanas, pero casi todas fueron descartadas por las familias. 

El 30 de enero de 2000 se organizó una consulta donde participaron todos los mayores de 15 años. Con 365 votos a favor y 21 en contra se eligió un valle situado a casi 2800 metros de altura, bordeando el páramo. Una zona neblinosa y helada con temperaturas que rondan los 12 grados y pueden bajar a seis. Ahora muchos se quejan del clima rudo. Pero después de vivir como parias todos estaban desesperados, y probablemente escogieron este exilio solo para recuperar cierta normalidad. La reubicación le costó al Estado colombiano 6,4 millones de dólares.

Restos de la Alcaldía, San Cayetano el viejo. Foto de Juan Felipe Rubio.

Al final del recorrido por el viejo casco urbano, Pablo Salcedo se paró sobre las ruinas de su antigua casa, entre la maleza, y con imaginación intentó describir dónde estaban los espacios de la amplia vivienda hoy derruida.

—Por aquí se entraba. Allá había un patio, siete alcobas; en aquel lado la cocina. Aquí crecimos.

Dijo, y disimuló su nostalgia con la voz apagada. Pablo dejó de hablar y levantó la vista para admirar una palma que su padre sembró unos años antes de la evacuación. El tallo erguido se eleva ahora unos 15 metros por encima de las ruinas, como un faro vegetal que no sirvió para avisar el indetenible naufragio de San Cayetano.

Pablo Salcedo recorre la antigua iglesia. Foto de Juan Felipe Rubio.

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Hasta la próxima.