¿Qué es La Raya?
No es standup, aunque tiene humor. No es teatro, aunque actúo. No es periodismo, aunque es verídica.
¡Hola! Cuánto tiempo.
Hoy usaré esta ventana para contarles en qué ando.
En marzo de 2020, cuando estalló la pandemia en Bogotá y nos recluyeron sin fecha de salida, empecé a escribir una pieza para las tablas basada en mi larga experiencia como migrante binacional: casi 50 años de vida saltando entre Colombia y Venezuela, dos veces expulsado por distintas formas de violencia. Aunque el texto estaba crudo entonces, el objetivo ya era claro: usar mi historia personal y familiar para contar hechos que han afectado a varias generaciones de migrantes, criticar un estado de cosas recurrente y reflexionar sobre los desafíos que enfrentan millones de personas en estos dos países y en tantos otros.
Hace seis años el virus cerró los teatros y los escenarios por un largo rato, y mi proyecto quedó en la reserva. Después acepté varios trabajos, pasó el tiempo y me dediqué a otras cosas. Pero en el camino ocurrieron eventos que fortalecieron mi tesis inicial: creció el éxodo de venezolanos hacia Colombia y hacia otros destinos. Entre ese grupo viajaron también multitudes de colombianos retornados como yo; gente que dejó su tierra hace décadas y después se vio obligada a regresar. Ese movimiento pendular masivo me empujó de nuevo hacia la pieza en remojo.
El año pasado retomé el proyecto, descarté material y vi con más claridad y madurez qué era lo que quería contar: las crisis de identidad, la autoestima lesionada, la xenofobia, la incertidumbre, el ímpetu, las nuevas oportunidades. Es decir, el subibaja emocional extremo que implica vivir como un paria acá y allá. Me puse manos a la ópera y avancé despacio, en los ratos libres que me dejaban distintos proyectos. En cierto punto vi que ya estaba casi listo, así que me fijé una fecha, apreté el acelerador, conseguí un lugar para debutar con la obra y me lancé en un embalaje final.
En cierto momento de la escritura había pensado que la pieza podía interpretarla un actor profesional. Pero descarté la idea pronto: muchos elementos se repiten entre los exiliados, pero ninguna experiencia individual es exacta a las demás. Sólo yo puedo contar a cabalidad lo que he vivido, lo que he visto en todos estos años y lo que pienso sobre eso. Ese es mi aporte. De modo que me atreví: ensayé el texto y ya lo he presentado varias veces frente a un público diverso.
La narración y la interpretación en vivo son un verdadero reto, pero me entusiasma y lo aprovecho en cada oportunidad. La conexión directa con la audiencia cambia siempre y puede resultar adictiva si uno disfruta el relato oral. Pero la mayor ventaja es poder intervenir el texto y ajustarlo después de cada aprendizaje.
Hace un par de días hice un nuevo experimento: presenté el monólogo frente a 70 mensajeros migrantes en el Centro Felicidad de Chapinero. Fue muy satisfactorio y potente ver sus caras interesadas, su identificación con las anécdotas y las reflexiones compartidas; y, sobre todo, percibir su afirmación y su orgullo cuando puse el foco en la contribución decisiva que ellos han hecho a este país durante los últimos años.
El plan ahora es seguir con una presentación cada mes en Bogotá, y ojalá pronto empezar a viajar: llevar la obra a otras ciudades, incluidas por supuesto las que están ubicadas cerca de la frontera entre Colombia y Venezuela. También Caracas y Maracaibo están en la mira. Pero vamos un paso a la vez.
Si están en Bogotá y quieren asistir, pueden escribir al 3118494970. También si quieren ayudar para que este proyecto alcance nuevos espacios. Mientras tanto, les envío un abrazo desde la frontera. Es decir, desde La Raya.
Sinar.





